
Entre el ginkgo y el nogal Mi papá nunca faltaba a los velorios. Se ponía su traje gris oscuro, corbata y zapatos en punta, como solo usaba para las grandes ocasiones y partía con el gesto serio y cumplidor. Para él un velorio era un evento muy importante como lo era un casamiento, un bautismo. Jamás faltaba a esos actos protocolares en donde, impecable y cortes, demostraba un especial respeto a la ceremonia. En el caso de los velorios, buscaba hacerse ver con los parientes cercanos de la persona fallecida. Si no conocía a alguno, se presentaba detallando enfáticamente el vínculo con el difunto. Un vecino querido del barrio o un pariente no importaba, pero si él se enteraba que lo velaban, allí iba, con su “sentido pésame” más solemne. En la casa de mi infancia, una pequeña construcción en el centro de un vasto terreno con un parque adelante y otro atrás poblado de vistosos árboles añosos, frutales u ornamentales, siempre tuvimos perros. Tod...