
DANZAS Ayudé a mi mamá a recostarse sobre la dichondra fresca. La invité a sentir toda la espalda apoyada y me arrodillé detrás de su cabeza. La tomé con las manos desde su nuca y la estiré hacia mí para volverla a apoyar. Y así con los brazos, las piernas. Ahora ella estira y levanta una pierna y luego la otra, sorprendida de sus propios movimientos. No respeta mucho los tiempos, ni las respiraciones que intento inútilmente acompasar con las mías. Más bien es su propio devenir de movimientos, su propia danza lenta, incorrecta y gozosa que interrumpe de repente: "Mirá cómo se entrelazan las ramas de éste árbol con aquel otro de allá" - dice mi mamá mientras sigue con la mirada las nervaduras para sorprenderse de tamaña voluntad de cruzamientos. Ya no hace ningún movimiento. Es que se quedó embelesada mirando las copas de los árboles que desde sus diferentes alturas se las ingenian para unirse y orquestar un refrescan...